martes, 12 de agosto de 2014

11 de agosto, día de Santa Clara de Asís

Santa Clara de Asís

Virgen
(1194-1253)

Santa Clara de Asís
Santa Clara de Asís
Santa Clara nació en Asís el 1194, trece años después que San Francisco. Era hija de la noble familia de los Offreduccio. Clara fue "un raro cisne que cruzó el pantano sin enlodarse, una hoja de acero templado bajo el aspecto de una exquisita dulzura". Se dejó conquistar por el Amor.
La virtud alegre es contagiosa, y Francisco la conquistó para Cristo. A los 18 años huye por la noche a la Porciúncula. Luego pasa a San Damián, donde vivirá hasta su muerte. Se le unen sus amigas, de sugestivos nombres: Pacífica, Benvenuta, Angelluccia, Inés (Cordera) "inocente como un corderillo y sencilla como un pichón de paloma". Su sobrina Amada va a participarle la fecha de su boda, y se queda con ella. Se le une su madre y su hermana. Y conquista a nobles y princesas, como la Beata Inés de Praga. "Blancas flores primaverales, que exhalaban una fragancia única".
Francisco y Clara se completaban en una bellísima armonía. Se amaron en libertad de corazón. Entre ellos existió la más bella unión moral que pueda imaginarse. Francisco era impresionable y a veces se abatía. Entonces Clara, por su serenidad y fortaleza femenina, era para Francisco como un refugio de seguridad. Francisco fue la inspiración para Clara y la lanzó a la aventura. Pero Clara tuvo a veces que confirmar a Francisco en su ideal. Discípula fidelísima y como madre invencible, le conforta. Francisco la ganaba en dulzura, Clara en firmeza. (¿Cómo entre Teresa y Juan de la Cruz?). "Clara de nombre, y más clara por su vida y sus obras" (Celano).
Se cuenta que un invierno se entrevistaron los dos en la Porciúncula, y los de Asís contemplaron un gran resplandor en el cielo. Al marchar -había nieve- Clara dijo: Padre ¿cuándo nos volveremos a ver? Cuando florezcan los rosales. - Clara se volvió: Mira, Padre, los rosales han florecido.
Clara deseaba volver a verle antes de morir. Cuando trasladaban el cadáver, lo acercaron a San Damián, a las rejas del coro. Clara le besó la mano y humedeció su pañuelo en la sangre de las llagas, como una reliquia.
Clara, como Francisco "trajo al mundo una nueva primavera" y se desposó con la Dama Pobreza. Consiguió con fortaleza "el privilegio de la santísima pobreza". Clara, modelo de cortesía, de alegría pascual, de fraternidad.
Era un alma de oración. Se miraba en el Espejo divino y así lo aconsejaba a sus hijas: "Les hablaba con palabras suaves como pétalos y ardientes como centellas". Dicen los Procesos: "Cuando volvía de la oración, su rostro parecía más claro que el sol y sus palabras rezumaban dulzura".
"Mi Señor -rezaba Clara- te declaro por único dueño de mis territorios. Extiende tus alas de mando sobre los horizontes de mis mundos. No habrá para mí otra voz ni otro rostro que el de mi Elegido. Entre Tú y yo no se interponga otra criatura sino la espada de la fidelidad".
Sentía gran amor a la Pasión del Señor, a la Eucaristía, a la Virgen. "Clara fue una huella de la Madre de Dios. Cristo renovó en Francisco su vida y su pasión. María renovó en Clara su humildad y pureza".
En la Pascua de 1253 cae enferma. La visita Inocencio IV, de paso por Asís. Escribe su Testamento: "Sed siempre enamoradas de Dios". Sus últimas palabras: "Gracias, Señor, por haberme creado". Era el 11 de agosto de 1253. Francisco la esperaría, como aquella noche en la Porciúncula, para ofrendarla al Amor.
Inocencio IV preside los funerales. Su sucesor Alejandro IV la canonizó.

martes, 10 de junio de 2014

Preparación y celebración de Pentecostés





Facilitar la acción del Espíritu

La acción de una persona

Los rasgos de la persona del Espíritu Santo han sido revelados de manera progresiva: insinuado en el Antiguo Testamento, la palabra precisa de Cristo los manifiesta en plenitud, complementando la revelación del misterio de la Trinidad.

La teología, el dogma y la espiritualidad han encontrado las formas de presentación del Padre y del Hijo, pero no nos han dado una fisonomía determinada del Espíritu Santo. De Dios Padre tenemos la visión confiada de hijos, asegurados por la palabra de Cristo (Mt. 6,30-33); de Dios Hijo tenemos una idea aún más completa: Jesucristo Dios y hombre, manifestado en su propia vida terrena y en las enseñanzas posteriores de la revelación. Del Espíritu Santo, en cambio, no poseemos una visión concreta que pueda equivaler a lo que significan “Padre” o “Hijo” en nuestro lenguaje y en nuestras ideas.

Y aún sabiendo que es la Tercera Persona de la Trinidad nos cuesta representarle como persona. Entre nombres y símbolos tenemos una gran variedad: espíritu, viento, fuerza misteriosa, amor, fuego, caridad, paloma, bondad, dulzura, paz. Y nuestra oración, nuestra espiritualidad, nuestros sentimientos hacia El están fundados en la idea que de El tenemos.

A esta falta de figura apropiada se añade el hecho de que la misma reflexión teológica tiende a acentuar más sus obras que su Persona, perdida o escondida detrás de algunas realidades como gracia, caridad, dones. Todo ello contribuye a que, aún creyendo que el Espíritu Santo es una persona porque nos lo dice la Revelación, con nuestra imaginación nos nutrimos de símbolos no personales, y existe el peligro de que nuestra conducta se guía por lo imaginado y no por lo creído, tratando al Espíritu Santo como si no fuera un viviente, perdiendo la posibilidad de relacionarlos personalmente con El.

El papel del Espíritu Santo consiste, sobre todo, en actualizar dinámicamente y en el interior de las personas, a través del espacio y del tiempo, lo que Cristo obró una vez para siempre. Entonces lo que denominamos “gracia” o “dones” del Espíritu (sabiduría, piedad, entendimiento, etc.) no es algo diferente del Espíritu mismo, sino que es simplemente el efecto de su actividad permanente en el interior de las personas.

Se corre el peligro de mirar más a los dones del Espíritu Santo que al Espíritu Santo mismo, que es el verdadero don que nos ha sido dado. (Rom. 5,5; Lc. 11,12-13) El mismo profeta Isaías no separa los dones del Espíritu Santo mismo: no habla del don de sabiduría, piedad, etc., sino del Espíritu de sabiduría, etc. (Is. 11,1-2)

Acercándonos a Pentecostés


De esto se desprende que una actitud lógica para estos días cercanos a Pentecostés es facilitar esta acción del Espíritu, destrabando situaciones personales y comunitarias que se oponen o dificultan esta intervención. Y esta tarea de remover obstáculos también será fruto de la inhabitación del Espíritu en nosotros (Rom. 8,11).

La propuesta es, entonces, partiendo de la descripción de los frutos de la acción del Espíritu que Pablo hace en Gál. 5,22-23, revisarnos y comprobar hasta qué punto estas manifestaciones de la presencia del Espíritu en nuestras vidas son realidad.

A la vez, y como un segundo paso, tomar la serie que el mismo Pablo nos presenta inmediatamente antes, en Gál. 5,19-21, como expresión del actuar de alguien que no “le hace lugar” al Espíritu en su vida.

Luego de reunido el grupo que participa en el encuentro (que puede ser el curso o grado, el grupo o comunidad de referencia, y por qué no la misma familia...), en torno a la Palabra abierta en el pasaje de la carta a los Gálatas antes citado, se enciende un cirio, como significando que queremos dejarnos iluminar por la luz del Espíritu, pidiendo explícitamente Su acción para la tarea que vamos a emprender. (Lc. 11,13).

Se entrega luego a cada uno unas hojas con el listado encolumnado de las actitudes descritas en Gál. 5,22-23 y Gál. 5,19-21, para que realice este trabajo personal de revisión. La sugerencia es anotar al lado de cada actitud cuándo cada uno la ve presente en su vida, y cómo puede acrecentarla o revertirla, de acuerdo a si es una consecuencia de la presencia o ausencia del Espíritu en su vida.

Una forma que implica una dimensión comunitaria mucho más intensa es la de reconocer esta acción del Espíritu en la vida de los demás. Utilizando el mismo esquema de encolumnar las dimensiones de la vida del Espíritu diseñado para el análisis personal, la variante implica contrastar lo que Pablo señala como frutos del Espíritu o ausencia de El, con la vida de los hermanos, con una sincera actitud de agradecimiento a Dios por estos dones reconocidos o de comprensión y no condena ante lo que vemos como ausencia del Espíritu; luego, con una actitud de profunda caridad  de fondo, manifestar lo apreciado a la persona que hemos considerado (por escrito o verbalmente). Es un paso muy delicado, que requiere una gran madurez en la comunidad que lo realiza. Pueden distinguirse dos pasos, que llegado el caso admiten ser realizados en dos momentos distintos.

Dar gracias, pedir perdón, comprometerse a remover los obstáculos que dificultan la acción del Espíritu son actitudes apropiadas para cerrar este momento de reflexión y oración.


En síntesis, reconocer su presencia o su ausencia, y reafirmar desde estas manifestaciones concretas la voluntad de querer obrar según el Espíritu nos inspire. (Gál. 5,25).

Vivamos intensamente la paz y el bien!!!

Invitamos a toda la comunidad a rezar por los docentes 
del colegio que van a participar de este encuentro de fe y vida.

Colecta Anual de Cáritas





viernes, 13 de diciembre de 2013

¡¡Feliz Navidad!!



Que en esta Navidad podamos abrir nuestro corazón al Niño Jesús, para que Él vuelva a nacer en nosotros, y florezca en virtudes y obras de amor.

¡¡Felicidades!!

viernes, 22 de noviembre de 2013

Fiesta de Cristo Rey

24 de noviembre 2013, último domingo del año litúrgico. ¡Prepárate para la fiesta del Rey del universo!
 
ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO LITÚRGICO:

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas 
Fiesta de Cristo Rey
Fiesta de Cristo Rey
con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.